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Ayer se procedió al entierro de la sardina, la finada fue portada a hombros por los niños asistentes para después incinerarla delante de los presentes. A continuación, y pese al dolor del momento, se degustaron las sardinas asadas en la Plaza de la Constitución.

Parece ser que los orígenes de la Alegre Cofradía del Entierro de la Sardina se remontan al reinado de Carlos III, en el siglo XVIII. La leyenda popular narra que llegó a todos los mercados de Madrid una partida de este pescado en mal estado. Para atajar el hedor repugnante que había en la ciudad, el monarca publicó un edicto en el que ordenaba el entierro de todas las sardinas podridas en la ribera del río Manzanares.

Esta leyenda se ha convertido ya en una tradición con la que se anuncia el fin del Carnaval en diversos puntos de España. Los entierros suelen consistir en un desfile que parodia un cortejo fúnebre y finaliza con la quema de alguna figura simbólica, generalmente representando a una sardina. El entierro de la sardina se celebra tradicionalmente el miércoles de Ceniza y en él se entierra simbólicamente al pasado, a lo socialmente establecido, para que puedan renacer con mayor fuerza, para que surja una nueva sociedad transformada.